Guardando la noche.
Tomé mi puesto.
Firme el acta.
Acomode – o lo quise –
mis escasos enseres
y comencé la ronda.
Sombras:
Movimientos de ramas lánguidas.
Ladridos ciegos hacia bosques secos.
Siluetas grises de moradas tristes y solas.
Bamboleantes troncos delgados y fieros.
Un grifo altanero en posición de ataque.
Dos calles decrepitas unidas en contra de su voluntad.
Serpientes de púas espeluznantes en el recorrido sin fin,
de techumbres planas de plateadas latas crudas.
Y mi caseta de perro guardián
prestada a un turno de ocho a ocho
para cuidar el sueño de nadie.
Luces:
Luces de focos a lo lejos
como luciérnagas desfachatadas.
Superficie:
Asfaltos moribundos manchados de fluidos chúcaros ya inexistentes.
Erráticos cercos desvencijados alzados ingrávidos hacia la noche despejada
que no oculta –demostrado por escritos como estos –
la soledad de este cuerpo marchito,
por el día a día
y el noche a noche.
Y esta tierra seca
tierra de nadie,
profanada a destajo,
tierra de sombras,
tierra de tierra derramada en la tierra.
Y a horas de desalojar
mi caseta de perro guardián
prestada para un turno de ocho a ocho,
yazgo como espíritu
que no está en vida ni sin latidos,
que no está con Morfeo ni con la luz del día,
pues deambulo como alma en pena
que no es perdonada para el bien de mis pliegues,
que no es condenada para el mal de actos difusos
recordados como vidrios manchados
donde lagrimas como llovizna corrieron
para ser secadas por vientos soberbios como alas y polvo.
Y tiempo.
Y nada.